Perú: destinos de Semana Santa

La espada y la cruz —y, bueno, también la búsqueda de riquezas— marcaron la invasión y posterior conquista del Tawantinsuyo, el vasto territorio de los incas. Esa dualidad quedó marcada desde el primer encuentro entre los españoles, liderados por Francisco Pizarro y Atahualpa, el “Hijo del Sol” que resplandecía de orgullo por su victoria en la guerra fratricida con su hermano Huáscar por el control del imperio.

Cuando el 16 de noviembre de 1532, Atahualpa se presentó al encuentro con los ibéricos en la actual plaza de Armas de Cajamarca, una ciudad de la sierra norte del Perú, el primero que se acercó a él fue el fraile dominico Vicente de Valverde. Aquel “hombre de Dios” llevaba una cruz y una Biblia para exigirle al sapan inca que abandonara sus creencias paganas y aceptara el dominio de la corona española.

El fraile le entregaría la Biblia. Atahualpa la arrojó, acaso con desprecio, tal vez con miedo. Esa actitud fue la razón o la excusa que precipitó el ataque de los occidentales y la captura del idólatra. El uso de arcabuces y falconetes, sumado al galopar de los caballos —un animal desconocido en estas latitudes—, facilitarían la tarea ante los sorprendidos custodios del gobernante andino. Ellos se quedaron petrificados.

Ese fue el primer eslabón de una cadena de sucesos históricos que acabarían con la ejecución del inca y la destrucción de su imperio. De nada le sirvió al “Hijo del Sol” intentar “comprar” su libertad con ingentes cantidades de oro y plata. Lo engañaron. Su suerte estaba sellada. El 26 de julio de 1533 sería estrangulado por idólatra, fratricida y conspirador en la misma plaza en la que fuera apresado. 

La espada y la cruz marcaron el destino de lo que hoy es en el Perú. La “espada” aplacó durante casi tres siglos todos los intentos por retornar al antiguo orden y las pretensiones de crear uno nuevo; mientras que la “cruz” se imponía en las huacas (templos) en las que antes se adoraba al Inti (Sol) y a Killa (Luna), a Pachamama (Madre Tierra) e Illapa (Rayo), entre otras divinidades prehispánicas.

Un país de fe

Con la cruz y la Biblia, los sacerdotes empezarían a propagar el evangelio de Cristo en el mundo andino. No fue una tarea fácil ni tan santa. Sea como fuere, aquellas palabras calaron en el corazón de los hombres y mujeres, tanto así que en el artículo 50 de la Constitución Política se “reconoce a la Iglesia Católica como elemento importante en la formación histórica, cultural y moral del Perú”.

Un país que cree y reza, que ofrenda y celebra a los santos y vírgenes milagrosas que están en los altares de sus iglesias. En muchas ocasiones el fervor de los devotos es excesivo, por lo que más de un sacerdote aprovecha la misa para pedirles que “paren un poquito la mano con los tragos y los bailes” porque eso de andar borrachitos no le gusta al Todopoderoso.

Ahora bien, es sabido que varios curas le entran con entusiasmo al bailongo y a los brindis. Huy, eso no debí escribirlo. Total, Dios perdona el pecado, pero no el escándalo. Tampoco perdona a los escribas que, por andar de distraídos, no explica que las referencias a la espada, la cruz y la evangelización, son el preámbulo de un texto sobre las celebraciones de la Semana Santa en Perú.

Sí, celebraciones en plural, porque en un país mayoritariamente católico, donde la fe tiene matices diferenciales en cada región, el recordatorio de la vida, pasión, muerte y resurrección de Jesucristo es un acontecimiento que rebasa lo religioso. En estos tiempos globalizados, la Semana Santa en un evento cultural y turístico que, por su profundo significado, atrapa la atención de hasta quienes no creen.

Turismo religioso en los días santos. Con misas y sermones de tres horas, con recorridos por siete iglesias y escenificaciones del vía crucis, con procesiones de imágenes sagradas y alfombras de flores que cubren la tierra de los pueblos o el asfalto de las ciudades; y hasta con sabrosos platillos especiales y dulces coloniales que se preparan en los conventos.

Un rosario de iglesias

Iglesias y conventos, muchas iglesias y conventos coloniales en los centros históricos de Lima, Cusco, Arequipa, Ayacucho y Huancavelica, por mencionar solo algunas ciudades del Perú. La fe se prolonga a los pueblos y comunidades, donde se mantienen en pie imponentes templos de estilo barroco, neoclásico o renacentista. Estos atesoran en su interior valiosas piezas del arte religioso.    

La Semana Santa es un buen momento para conocer las “casas de Dios”, construidas por las familias nobles con el “desinteresado” propósito de asegurarse la salvación eterna. La costumbre dispone que el Jueves Santo los creyentes recorran siete iglesias, como una representación simbólica de los momentos claves vividos por Cristo desde la Última Cena hasta su muerte en la cruz.

La tradición es fácil de cumplir en el casco antiguo de Lima. Sin mayor esfuerzo llegarás a la Catedral, que data de 1535; San Francisco, un bastión del arte colonial; las Nazarenas, el “hogar” del Señor de los Milagros; San Pedro, con su fachada barroca; la Merced, donde fue bautizado san Martín de Porres; Santo Domingo, que guarda las reliquias de tres santos; y Santa Rosa, levantado en el que fuera la casa de la santa limeña.

Sucede lo mismo en Cusco, con sus iglesias cimentadas sobre palacios y templos incas; en Arequipa, donde predomina el uso del sillar, una piedra de origen volcánico, y en Ayacucho, la “Ciudad de las 37” iglesias virreinales. Localizada a 560 km al sureste de Lima, la “morada del alma” (ese es uno de los significados de su nombre) es el destino más visitado por peruanos y extranjeros en Semana Santa.

Las multitudinarias procesiones con fieles que lloran y visten de luto, las andas con miles de velas (alrededor de 5000) del Cristo Resucitado que ilumina el amanecer del domingo; la permanencia de símbolo andinos en los actos religiosos y hasta los dulces clásicos que se preparan en los conventos de Santa Teresa y Santa Clara, la convierten en una de las celebraciones más apoteósicas del mundo católico.

Escapadas de Semana Santa

La de Ayacucho no es la única Semana Santa memorable. Así como las iglesias y procesiones no son los únicos atractivos de esta ciudad en la que es casi una obligación visitar el complejo arqueológico wari, la capital del primer imperio andino. Así que, entre los rezos y las plegarias, la pasarás muy bien en la región donde se libró la última batalla por la independencia de América.

Te quedas en Lima o te vas a Ayacucho (2760 m s. n. m. / 10 h por bus / 1 h en avión). Quizás prefieras otras opciones. Las hay, claro que las hay. Una de ellas es Tarma (región Junín). La llamada “Perla de los Andes” (3050 m s. n. m.) es muy atractiva en los días santos porque los devotos del campo y la ciudad se concentran en la plaza de Armas y sus alrededores para cumplir una misión.

Crear coloridas y artísticas alfombras con los pétalos de las flores que crecen en los campos cercanos. Son muchas, son tantas, son tan hermosas que mirarlas regocija el alma. Los diseños, cuyos márgenes son resaltados con granos de café, no son exclusivamente religiosos. Hay estampas de la vida rural y motivos que recuerdan el pasado prehispánico de esta ciudad del centro del Perú (7 h en bus desde Lima).

Si buscas algo más intenso y vívido participa en el vía crucis que se realiza el Viernes Santo en Huancavelica, la capital de la región del mismo nombre. La escenificación se inicia en el atrio de la Catedral en la plaza de Armas. Desde ese punto, los artistas que representan la Pasión de Cristo (son más de 50) caminan 2,8 km hasta la cumbre del cerro Oropesa que sobrepasa los 4000 m de altura.

Es el vía crucis más alto del mundo”, aseguran los nacidos en una ciudad que en la época colonial fue conocida como la “Villa Rica de Oropesa” por las fortunas generadas por el mercurio de la mina Santa Bárbara. ¡Te animas a viajar más de 10 h en bus desde Lima y de ahí caminar hasta la cumbre! He estado ahí y créeme que vale la pena porque serás testigo de una tradición de Semana Santa y, de paso, expiarás tus pecados.

marzo 24, 2026