Lima: las pirámides de Bandurria

Creían que eran cerros. Cerros que no llamaban demasiado la atención, total, no se erigían imponentes como los gigantes cordilleranos que resplandecen cuando el sol andino ilumina sus ponchos de nieve. Tampoco estaban cubiertos por una densa y profusa vegetación, como las montañas biodiversas de los bosques de niebla y de la selva alta.

Todo lo contrario. Sus faldas eran áridas y yermas. Su única gracia era su cercanía a las orillas oceánicas. Y no es que su ubicación fuera extraordinaria o privilegiada —en la costa hay varias atalayas de roca y arena—, pero, los espacios cercanos a las playas y olas del Pacífico, siempre tienen un no se qué que les da cierto encanto. ¿Será por qué en el mar la vida es más sabrosa

No lo sé, como nadie supo durante mucho, muchísimo tiempo, que aquellos cerros —sin nieve y sin vegetación, sin demasiada altura y escasos atractivos— no eran cerros, aunque todos estuvieran convencidos de lo contrario. Cómo iban a dudar si no eran un espejismo ni una ilusión óptica. Nada que ver. Desde el tiempo de los abuelos esas atalayas estaban ahí, frente al mar de la pampa de las Bandurrias.

Perdón, me corrijo, todavía está ahí y todos los siguen viendo, aunque ya saben que no son cerros sino pirámides prehispánicas construidas hace miles de años. Esa verdad empezaría a develarse en abril de 1973, cuando una inundación cambiaría el panorama costero del Paraíso de Playa Chica en Huacho (provincia de Huaura), un destino arqueológico y alguito más, a 143 km al norte de Lima, la capital del Perú.

Hoy, cuando se sabe que esos cerros sin mayores encantos no eran cerros, es una excelente idea salir de Lima para visitar la zona arqueológica monumental Bandurria, una evidencia más de que en el Perú las apariencias engañan cuando se trata del pasado ancestral y el legado histórico. Tanto así que unas simples montañas resultaron ser un tesoro milenario que te acercará a los albores de la civilización andina.

Un hallazgo afortunado

No fue un arqueólogo con pinta de Indiana Jones el que descubriría el sitio preincaico de Bandurria. No fue una expedición científica organizada para “desenterrar” la herencia arquitectónica de una civilización que surgió hace 5000 años. No fue el hallazgo afortunado de un entusiasta profesor universitario y sus jóvenes estudiantes que realizaban un trabajo de campo.

Tampoco fueron los “huaqueros” como son llamados en el Perú los saqueadores de los tesoros ancestrales. Fue un ingeniero, llamado Domingo Torero Fernández Córdova, el primero en darse cuenta de que algo importante se escondía en la costa huachana. Su “descubrimiento” estuvo marcado por la desesperación generada por un hecho inesperado: el desborde de canal de riego Santa Rosa.

La fuerza de las aguas develarían la existencia de una gran cantidad de materiales de otros tiempos. Al verlos, sospechó que aquellos vestigios podrían ser parte del patrimonio cultural del Perú, entonces, con el apoyo de su padre convocó de urgencia a un grupo de vecinos y estudiantes. Juntos emprendieron la tarea de proteger lo revelado por la inundación.

Ese fue el inicio de la recuperación de las pirámides, plazas hundidas y viviendas circulares de la pampa de las Bandurrias, llamada así por las aves del mismo nombre que habitan el humedal El Paraíso. A solo unos pasos del sitio prehispánico, en este cuerpo de agua se han registrado 125 especies aladas, entre residentes y migratorias, además de 5 especies de peces y 2 de reptiles.

Por ahora es mejor no “volar” más sobre este tema y “aterrizar” en lo arqueológico, para contarte que la doctora Rosa Fung fue la primera en investigar el lugar. Su conclusión fue asombrosa: las aguas de Santa Rosa hicieron el milagro de rescatar una valiosa herencia del periodo Precerámico Tardío. En 2005, un proyecto liderado por Alejandro Chu Barrera, revelaría la existencia de cuatro pirámides escalonadas.

Un viaje de cinco mil años

“Creían que eran cerros”, me explica el guía local mientras señala una de las pirámides de canto rodado y argamasa de barro de Bandurria, una aldea de pescadores de 20 hectáreas que habría sido ocupada entre los años 4000 y 2000 a. C. En su zona monumental los investigadores encontraron las que serían las primeras evidencias de la arquitectura ceremonial de piedra en los Andes.

En aquella época, la pesca y la recolección de moluscos aseguró la subsistencia de los pobladores. Bendecidos por un mar rico y generoso, el asentamiento empezaría a crecer y consolidarse, convirtiéndose en un centro de poder político y religioso. Sus plazas circulares, sus viviendas, sus templos y las imponentes pirámides que alcanzan hasta los 12 m de altura, son muestras de esa grandeza.

Una grandeza que va mucho más allá de lo turístico. Por su antigüedad (5000 años), existe una controversia sobre si Bandurria fue anterior, contemporánea o posterior a la Ciudad Sagrada de Caral en el valle de Supe (provincia de Barranca), considerada como uno de los focos civilizadores del planeta. Más allá de las dudas, sus habitantes compartían una misma tradición cultural.

Ya lo sabes, si quieres acercarte a las raíces de la civilización, escápate de Lima por la Panamericana Norte en los buses que van a Huacho (salen del centro de la ciudad y del terminal Plaza Norte) y baja en el desvío a la zona arqueológica (km 141). Desde ese punto caminarás 2 kilómetros. El sendero está marcado. No te perderás. La entrada cuesta 7 soles.

El costo incluye el guiado por el sector monumental y doméstico de la zona arqueológica. Esta se encuentra en excelente estado, gracias a la protección de los miembros de la Asociación Pro Defensa Bandurria–Paraíso. Al final del recorrido llegarás al mirador del humedal Paraíso que está al ladito del mar. Historia y naturaleza, cultura y biodiversidad en un mismo destino.

Aves en el paraíso

El Paraíso tiene dos sectores. No es una verdad bíblica sino una certeza fácilmente comprobable en Huacho. Y es que el humedal está formado por un par de cuerpos principales de aguas salobres. Sus niveles son influenciados por las mareas y las filtraciones de la irrigación Santa Rosa, construida a mediados del siglo pasado y causante de un afortunado desborde en 1973.

Diversos estudios concluyen que la existencia del humedal facilitó la vida de los antiguos pobladores. Sus aguas les proveían alimentos y plantas muy útiles como la totora, utilizada hasta la actualidad de distintas maneras (al terminar el recorrido verás artesanías confeccionadas con esta fibra vegetal). Estos recursos les permitieron asentarse en la costa y desarrollar su civilización.

Si sientes una particular atracción por la aves, quédate un momento más en el mirador. Con un poco de suerte tu paciencia será premiada con la observación de zambullidores, gaviotas, turtupilines, pelícanos y garzas, por mencionar solo algunas especies. Si la avifauna no despierta tu interés, igual disfrutarás del paisaje. No todo los días se ve una laguna que refresca las arenas costeras.

No solo eso. Piensa que estás mirando el mismo escenario geográfico que los hombres y mujeres que hace 5000 años construyeron las pirámides y recintos de Bandurria. Visiones milenarias. Visiones cargadas de pasado. Visiones que te remontarán a un mundo que ya no existe. Ahora todo es distinto, aunque en este destino se conserva un pedacito de un pasado que estuvo enterrado durante siglos.

Sí, porque esas pirámides no eran cerros cuya única gracia era su cercanía al mar. Eso creían todos, pero en el Perú, cuando se trata del pasado ancestral y el legado histórico, las apariencias engañan —como te conté al principio—; entonces, hay que dudar porque debajo de una montaña de arena o en el corazón de un bosque tupido es posible encontrar una ciudadela o un templo milenario.

octubre 12, 2025