Feliz Navidad a la peruana y a la limeña

La Navidad llegó al Perú con la conquista o invasión española. Fue en esos tiempos de incertidumbre y confusión en los que empezaría a predicarse que existía un Dios que era padre, hijo y espíritu santo. Un Dios todopoderoso y omnipresente que envió a su primogénito, Jesús, a salvar a la humanidad del pecado y a encaminarla hacia la vida eterna.

Y si bien en la Biblia no se menciona la fecha exacta de ese extraordinario suceso, en el siglo IV “el emperador Constantino y el papa Julio I decidieron celebrar el nacimiento de Jesús durante la época que concentraba las fiestas más populares de Roma para favorecer la conversión”, se menciona en un artículo sobre el origen de la Navidad, publicado en la página web de la National Geographic.

En la nota titulada “Una festividad pagana de la Antigua Roma originó la Navidad tal y como la conocemos”, se explica que, en aquellos tiempos aurorales del cristianismo, se realizaban en diciembre varias “celebraciones de la antigua religión romana, judías, del mazdeísmo persa y también nórdicas, mayoritariamente vinculadas al solsticio de invierno del hemisferio norte”.

La intención de Constantino, el emperador romano que legalizó el cristianismo, fue la de “superponer las prácticas cristianas a otras más antiguas” por esa razón se “estableció el 25 de diciembre para la conmemoración del nacimiento de Jesús”. Ese el origen de la Navidad, una fiesta universal cuyo nombre proviene de la palabra en latín nativitas, que significa nacimiento.

De vuelta al Perú colonial donde la mayor celebración católica comenzaría a celebrarse siguiendo las costumbres españolas; pero, poco a poco, los pesebres o nacimientos, las canciones y los villancicos y hasta los alimentos consumidos en la cena, comenzarían a cambiar. Esa dinámica propia del sincretismo cultural y religioso, le daría un matiz más nuestro a la Navidad.

El niño Manuelito

Navidad a la peruana andina y mestiza, costera y amazónica. Cambios, muchos cambios, tantos cambios que hasta Jesús “dejó de ser Jesús y se volvió Niño Dios, Tayta Dios o Manuelito… pero no solo eso, en su contacto con el Ande su piel se oscureció al igual que sus rizos y se volvió más travieso y se puso chaposo de tanto jugar bajo el sol”, escribiría años atrás en un texto que guardo en mis archivos.

Cuando era un chiquillo y Papá Noel era un personaje secundario en la Navidad, mis padres me hacían escribir una cartita al niño Dios. En esa misiva que redactaba con aquellas letras que recién había aprendido a trazar, le ponía el nombre y la descripción del juguete que quería como regalo. Al terminar no la colocaba debajo de un árbol de plástico sino a los pies de los Apus del nacimiento.

Sí, porque en el Perú el “Manuelito o Niño de la Espinanace entre montañas sagradas, entre montañas protectoras. Esa es una de las diferencias con el nacimiento original inspirado por san Francisco de Asís en 1223 en la ciudad de Greccio, Italia. Este mostraba únicamente a la familia de Jesús, un buey, un asno y un grupo de pastores de Belén.

De más está decir que en el Perú y en Lima se agregaron diversos personajes. En el texto que encontré en mi archivo se precisa que “los primeros nacimientos en la capital peruana eran elaborados por diestros artesanos de Huancayo, Huamanga y Cusco, (estos) tomaron rasgos netamente nacionales; y para confeccionarlos se usaba madera, piedra de Huamanga y hasta trapos”.

Poco a poco, en los hogares de la vieja Lima, aparecerían los Reyes Magos y, otros personajes, como la vendedora de tamales, el panadero, el vendedor de helados o la jazminera. El ingenio era tal que hasta se colocaba a la planchadora de los pañales del niño. También se armaban escenas bíblicas, como la huida de Egipto, el arca de Noé y el sacrificio de Abraham.

Buen provecho

Tiempos pasado, tiempos idos. La Navidad actual es más globalizada. Hay árboles con mechones de nieve —un despropósito porque en Lima con las juntas si llueve —, renos, trineos y una gran cantidad de luces multicolores. Santa Claus o Papá Noel es ahora igual o más importante que el niño Dios y los obsequios reemplazan u opacan a las oraciones y villancicos.

Este proceso de cambios no es nuevo. En 1935, el escritor José Gálvez Barrenechea lamentaba que “los días de la Nochebuena castiza… todo aquel encanto colorido y hogareño en buena ley, (fue) transformado por el cosmopolitismo creciente, robando, así, a nuestras fiestas de Navidad sus matices peculiares”. Así de claro, así de contundente se expresó en su libro “Estampas Limeñas”.

Evocador y quizás hasta nostálgico, Gálvez, nacido en la andina Tarma en 1885 y fallecido en Lima en 1957, reseñaba que “las celebraciones por el nacimiento de Jesús comenzaban el 7 de diciembre, con un homenaje a la Purisíma Concepción. El 13, día de Santa Lucía, se sembraban los “triguitos” infaltables en todo nacimiento que se preciara de serlo. El 15 comenzaba la novena de aguinaldo”.

La noche del 24 se descubría el nacimiento que, como ya mencionamos, era un auténtico derroche de imaginación. El acto ameritaba la presencia de familiares y amigos e incluía rezos y actos de contrición. Después empezaba la música y el baile. Y, como la danza sofoca y abre el apetito, la cena era contundente. Esta, como es de suponer, incluía más de un brindis por la guagüita de la virgen María

En su tradición “El mes de diciembre en la Antigua Lima”, el escritor Ricardo Palma relata que el lechón al horno y el tamal eran infaltables en las mesas del ayer. Y si bien ambos todavía son consumidos en muchos hogares, ahora el pavo aparece con más frecuencia en las cenas navideñas. Sucede lo mismo con el champán o espumante. Anteriormente, el vino tinto, el jerez y el pisco eran las estrellas.

La Bajada de Reyes

“Ciudad de los Reyes”, fue el nombre que recibió Lima al ser fundada por el conquistador Francisco Pizarro, el 18 de enero de 1535. Esos reyes no eran las majestades españolas sino Melchor, Gaspar y Baltazar, los soberanos del oriente que, guiados por la estrella de Belén, visitaron al niño Dios a los pocos días de su glorioso nacimiento. 

La cercanía de la fundación con la fecha de la llamada Bajada de Reyes (6 de enero) fue la razón del nombre primigenio de la capital peruana. Esa razón, sumada a la religiosidad de los limeños, convertiría a esa celebración en el cierre perfecto de los festejos navideños. Con el paso de los años y las décadas, los reyes magos irían perdiendo protagonismo.

Si bien es cierto que la Municipalidad Metropolitana organiza anualmente la representación de la Bajada de Reyes, esta casi ha desaparecido de los hogares. Cuentan los memoriosos que antes se colocaban caballos, elefantes y camellos —los animales que transportaban a los reyes— frente a los nacimientos más vistosos de los barrios. Orgulloso los dueños abrían las puertas de sus casas de par en par.

Todos eran bienvenidos, entonces, se invitaba chicha de jora y morada. Luego se escogían tres parejas para que fueran los padrinos. Ellos “bajaban” simbólicamente a los reyes. Al hacerlo dejaban dinero. Después se iban “bajando” o, mejor dicho, “sacando” las demás figuras del nacimiento. El Manuelito era el último en ser retirado. Ese momento era conocido como el “descuelgue”.

Un “descuelgue” que es parte del pasado. Suele pasar. Las costumbres cambian o se reinventan. Lo que se mantiene vigente en Lima es el espíritu de integración y amor que es la esencia de la Navidad. Y es que más allá de los regalos, de la cena y de los brindis, lo primordial es reencontrarse con la familia y pedirle a Jesús, el hijo de Dios, que nos bendiga y proteja. ¡Feliz Navidad para todos!

diciembre 23, 2025