De Lima a Jauja, la primera capital del Perú

En la Europa medieval se hablaba de un país maravilloso en el que no era necesario trabajar para vivir cómoda y placenteramente. En aquellos tiempos se rumoreaba que en esa tierra fabulosa —que vaya uno a saber en donde quedaba, pero que por algún de Portugal o España tenía que estar— existían ríos de vino y leche, montañas de queso y árboles cuyos frutos eran unos exquisitos lechones asados.
Las bondades de ese paraíso no conocían de límites. Allá todo era placidez, abundancia, diversión y relajo. Tanto así que, según las voces más fervorosas y entusiastas, los gansos asados volaban derechito a la boca de los comensales, las casas se construían con pasteles, las calles estaban cubiertas de dulces tentaciones y los perros no se amarraban con cuerdas sino con sabrosas longanizas.
Lamentablemente la ubicación exacta de ese lugar de ensueño en el que todos o casi todos querían vivir —aunque siempre hay excepciones que confirman la regla— era absolutamente desconocida. A pesar de ello, la sola mención del país de la Cucaña —como era llamado entonces ese territorio con visos de paraíso—, generaba ilusión en un periodo histórico marcado por las carencias y la austeridad.

En 1534, cuando Francisco Pizarro y sus huestes se encaminaban hacia el Cusco, se detuvieron en un amplio y acogedor valle serrano que los “Hijos del Sol” llamaban Jatunsausa o Hatun Xauxa. Los conquistadores o invasores se quedaron embelesados con el sitio, tanto así que no tardaron en relacionarlo con el mítico, legendario e ¿inexistente? país de la Cucaña.
Las razones para esa reacción son explicadas por el historiador de la Universidad Nacional de Trujillo, Carlos Hurtado Ames. En declaraciones para un artículo de la BBC, menciona que “Jatunsausa era una ciudad inca que tenía, dicen los cronistas, una réplica del Qoricancha (que en quechua significa «templo dorado»), además de un jardín de oro, con plantas, animales, pastores, etcétera. Deslumbraba«.
El valle convertido en capital

Los relatos y las descripciones sobre ese paraíso de la Sierra Central del Perú, cruzarían rápidamente el océano. Al llegar a Europa, la palabra jauja (derivada del término xauxa o sausa) comenzó a ser utilizada para referirse a la prosperidad y la abundancia. El impacto fue tan grande que en el siglo XVI se acuñarían frases como: “Ni que estuvieras en Jauja”, “País de Jauja” o “Vete a Jauja”.
Los años y siglos pasaron, pero la connotación positiva de la palabra jauja se mantiene hasta hoy. Si la buscas en el Diccionario de la Lengua Española encontrarás lo siguiente: “Denota todo lo que quiere presentarse como tipo de prosperidad y abundancia”. También se precisa que el término hace alusión “a Jauja, valle del Perú famoso por la riqueza de su territorio”.
Un paraíso, edén y cucaña (esos son los otros significados que aparecen en el diccionario) que conquistaría a los conquistadores ibéricos. Tanto así que se asentaron varios meses en el lugar para disfrutar plácida y holgadamente de la abundancia de comida y las condiciones favorable del valle en el que Francisco Pizarro fundaría la ciudad de San Fe de Hatun Xauxa, el 25 de abril de 1534.

No solo eso. La naciente ciudad se convertiría en la capital de la Gobernación del Virreinato de Nueva Castilla o, para decirlo en términos simples, en la primera capital del Perú. Y aunque esa condición cambiaría el 18 de enero de 1535, fecha de la fundación de la “Ciudad de los Reyes” (el nombre primigenio de Lima), el recuerdo perdura y es motivo de orgullo para los que nacieron en el País de Jauja.
Un “país” con historia, tradición y cultura que es una de las provincias la región Junín. Un “país” localizado a 3392 m s. n. m. y a solo 265 km al este de Lima. Un “país” al que llegarás por vía terrestre (6 h) y aérea (50 min). Un “país” sin ríos de leche o de vino, sin casas construidas con pasteles, pero con lagunas que son el hábitat de diversidad de aves y zonas arqueológicas erigidas con piedras.
Delicias capitalinas

De la gran Lima, la capital colonial y republicana, a la sosegada Jauja, la capital esporádica en la que nació Francisca, la hija mestiza de Franciso Pizarro y el valle productivo que se convirtió en sinónimo abundancia. Esa es la propuesta, la ruta, la escapada que te propongo para que, al volver a tu hogar, le cuentes a tus familiares y conocidos que estuviste en el mítico País de la Cucaña.
Ah, eso sí, te advierto que no encontrarás cerdos asados en los árboles, pero, sí en los peroles donde se fríen hasta que queden crocantes los chicharrones de chancho. También hallarás diversas y deliciosas carnes y tubérculos que se cocinan siguiendo la técnica ancestral de preparación conocida como pachamanca, una palabra que en quechua significa “olla de tierra” y en aimara “comida de la tierra”.
En las zonas rurales, la pachamanca es una especie de ritual gastronómico que se inicia con la apertura de un hueco en la tierra. En su interior se colocan piedras de río seleccionadas y previamente calentadas. Estas, con su calor, cocinan las carnes de res, cordero, cerdo, entre otras (sazonadas con diversas hierbas), además de las papas, camotes, ocas y habas que acompañan el plato.

Tras la colocación de los ingredientes, el hueco es cubierto con hojas y tierra durante dos o tres horas. El resultado será inolvidable para el paladar. Te sucederá lo mismo con las truchas en diversas presentaciones que se sirven en la laguna de Paca (3362 m s. n. m.), un espléndido espejo de agua que te espera a seis km de la plaza de Armas de Jauja, declarada Monumento Histórico Nacional en 1989.
Otras delicias jaujinas son el cuy colorado, la patasca —un sopa de mote con patas y mondongo (panza) de res—. Si quieres endulzar el paladar, prueba las mazamorra de calabaza, chuño y pata, sí, otra vez las patas de res, pero esta vez convertidas en mazamorra o gelatina. Más allá de la dulzura de este postre (lleva panela, canela y clavo) su alto contenido de colágeno es beneficioso para la salud.
Tunantada: una danza jaujina

No todo es buen comer en la primera capital del Perú. Si quieres vivir intensamente una celebración popular, visita Jauja entre el 20 al 25 de enero. Todos los años, esos días son de fiesta y de baile en honor a san Sebastián y san Fabián, entonces, el distrito de Yauyos es “tomado” por cuadrillas de danzantes enmascarados que representan satíricamente a diversos personajes del Perú andino y mestizo.
La tunantada, ese es el nombre de la danza que “nació en Huaripampa (uno de los distrito de la provincia de Jauja), donde los pobladores vieron al virrey Toledo, que llegó con toda su gente, acompañado de un negociante arriero argentino, al compás de guitarras. Es ese momento el que los pobladores huaripampinos trataron de representar como una burla y una sátira”, se menciona en la web Tunantadas de Amor, citando la tradición oral.
Hace algunos años estuve en la fiesta. Vi a los huatrilas (indígenas), a los chutos (criollos), a los príncipes o tunantes (españoles), entre otros personajes que, con sus vestimentas, máscaras y pasos parsimoniosos, mantienen vigente una expresión artística que es Patrimonio Cultural de la Nación desde el 2011. En aquel viaje, aproveché las mañanas para escapar a otros atractivos jaujinos.

Y exploré Paca, donde descubrí parihuanas (flamencos) y campos florecientes de papa; y me aventuré por primera vez por tramos del camino inca que conducían al Cusco y a la zona arqueológica de Tunanmarca (3899 m s. n. m.), el pueblo de la punta del cerro (la traducción de su nombre al español) que fue construido y habitado por los huancas hasta la llegada de los incas en el año 1460, aproximadamente.
Murallas, patios y una plaza principal. Almacenes, viviendas (circulares y rectangulares) y un eficiente sistema hidráulico, son parte de este legado arqueológico desde el que se tienen vistas panorámicas de la provincia de Jauja, el territorio de los xauxas, el pueblo primigenio que ocupó el valle maravilloso en que los españoles fundaron la primera capital del Perú.

enero 16, 2026