Perú: febrero es carnaval

¡Carnaval, carnaval!, es el grito general / ¡Carnaval, carnaval!, de alegría sin igual. Sí, aunque el año aún está en pañales, es justo y necesario empezar a afinar la garganta —bueno, si eso es posible—, renovar los pasos de baile, desempolvar los disfraces y, claro, también, anunciarte como se celebra en estas tierras de ingas y mandingas, una de las manifestaciones populares más difundidas en el mundo.

¡Todos a reír y a gozar! / ¡Todos a gozar del Carnaval! / Mascaritas, vamos a danzar, con ritmo triunfal. Lo siento, no me puedo quitar de la cabeza esta polka festiva de Filomeno Ormeño que escuchaba siendo un niño, cuando mi experiencia carnavalera se reducía a los refrescantes “tiroteos” familiares con chisguetes y a los esporádicos “bombardeos” con globos sin aire, pero con mucha agua.

Años después, mis vivencias en el carnaval limeño no fueron tan idílicas. En mi juventud, las calles de los barrios se convertían en campos de batallas. Parapetados en sus viviendas, los vecinos atacaban con sendos globazos y baldazos de agua —no necesariamente potable— a los desprevenidos transeúntes. En las zonas más bravas, los jóvenes perseguían a las muchachitas con voracidad de “pirañas”.

Foto: Diario Correo

Cuando “atrapaban” a sus presas las “bañaban” con agua y pintura. Esa barbaridad no encajaba con las añoranzas de los viejos capitalinos que se aferraban al “todo tiempo pasado fue mejor”. Tampoco coincidían con aquellas remembranzas, los ataques carnavaleros a las unidades del transporte público. La acción era tan efectiva que hasta los conductores terminaban empapados.

Los veteranos no mentían. En la década del 20 del siglo pasado, el presidente Augusto B. Leguía estaba obsesionado con modernizar el país en todos los aspectos, incluyendo, según los memoriosos, las tradiciones relacionadas al Rey Momo. En su gobierno se organizaron en la capital corsos con carros alegóricos y comparsas, además de fiestas de disfraces en las que se jugaba con talco y perfume.

Adiós al talco y al perfume

Foto: Agencia Peruana de Noticias Andina

De la época de esplendor solo conocí los relatos llenos de nostalgia. No la viví ni es parte de mi historia. Mis recuerdos de juventud, como los mencioné en los párrafos anteriores, no huelen ni a talco ni a perfume. Tampoco se relacionan con disfraces vistosos o bailes elegantes. Nada de eso. Solo ataques a traición y la consigna bien aprendida de no salir ni a la esquina los domingos de febrero.

Los días más terribles. Los días en los que todo vale. Los días en los que es mejor quedarse en casa para evitar un chapuzón con aguas fétidas o una inesperada manito de pintura. Lo siento, Rey Momo, perdóname Ño Carnavalón, pero, no entiendo a sus súbditos, al menos a los de mi ciudad. Ellos convierten la irreverencia de una fiesta liberadora en un rosario de agresiones sin sentido.

No es que odie el carnaval. Si fuera cierto, no escribiría este texto. Solo me molesta que en Lima, mi ciudad, esta fiesta de orígenes paganos que se convertiría en un periodo de exceso y libertinaje antes de la Cuaresma católica, se haya reducido a bañar y pintar a cualquiera que esté en la calle. Eso no ocurre en otras partes del Perú, como empecé a descubrirlo al viajar por mi país. 

Movimiento, color, alegría y ritualidad en las arenas costeras, en los valles y faldas montañosas de la sierra y en las comunidades verdes de la selva. “El carnaval es una costumbre europea, pero que se ha fusionado con las fiestas de cosecha tradicionales en el Perú, conocidas como Pukllay, que en quechua significa “juegos”, se explica en el inicio de en un artículo publicado en la web de la Fundación BBVA.

En el texto titulado Carnavales del Perú, de la sátira a la abundancia se precisa que el pukllay es “una fiesta de tradiciones y colores, de bailes y comparsas, que se celebra entre los meses de febrero y marzo en todo el Perú”. Un espectáculo cultural y sincrético cuyas raíces andinas se pierden en los tiempos prehispánicos y las occidentales en “las costumbres católicas del antiguo Imperio Romano”.

Un vistazo a la historia

“El carnaval —se lee en la web de la National Geographic del que proviene también el entrecomillado final del párrafo anterior— procede de las fiestas finales que celebraban los romanos católicos en los días previos a la Cuaresma, un periodo que tiene lugar antes de la Pascua cristiana y en el que los devotos se abstenían de comer carne, entre otras prácticas religiosas”.

Si se explora aún más en el pasado, existen evidencias de festivales que habrían sido la base de la celebración actual. En el artículo ¿Cuál es el origen del carnaval?, se mencionan rituales paganos como Saturnalia (en honor al dios Saturno y el solsticio de invierno) y Lupercalia. Este último se realizaba en febrero, “el mes de las divinidades infernales y de la purificación de los romanos”.

En ambas ocasiones, concluye el artículo, las festividades “duraban días y se caracterizaban por la abundancia de comida, bebida y bailes”. Por eso es necesario que empieces a prepararte física, mental y hasta rítmicamente, para que disfrutes a plenitud del jolgorio que del 14 al 18 de febrero se desatará “a lo largo y ancho de todo el territorio nacional”, como anunciaba décadas atrás un famoso periodista deportivo.

Y es que más allá de mi fastidio por lo que sucede en Lima y de los excesos que muchas veces se cometen, no es una mala idea y mucho menos un error, acompañar a las comparsas, ponerse un disfraz, echarse una bailadita en la calle o en una chacra, entonar una copla o un huaynito bien alegre y, por qué no, hasta cometer un par de pecadillos —veniales, siempre veniales—.     

La invitación está hecha. Solo tienes que elegir hacia donde ir: una ciudad, un pueblo, una comunidad. Ah, eso sí, vayas donde vayas serás bienvenido, entonces, cantarás, bailarás, brindarás y, tal vez, quizás, uno nunca sabe, hasta terminarás medio enamorado. Total, el aburrimiento es lo único que está descartado en la vorágine carnavalera que remece el Perú

Carnaval a la peruana

¿Dónde ir para pasarla bien?, te estarás preguntando con una mezcla de ansiedad e inquietud. La interrogante tiene muchas respuestas. Por ejemplo, si deseas dejarte llevar por el descontrol y el frenesí de las comparsas y patrullas, Cajamarca es, a mi entender, la mejor opción. Total, en esta ciudad de la sierra norte en la que fue capturado el inca Atahualpa, se celebra la fiesta más alegre del Perú.

Bueno, al menos eso es lo que dicen los clones, los virreyes, los viejitos y demás personajes de un carnaval espectacular por la entrada, el velorio y entierro del Ño Carnavalón, por los concursos de comparsas y patrullas, por el Gran Corso que infarta las calles de color y movimiento, por las coplas con sus letras altisonantes y algo malcriadas y por su “guerra de globos” en la que no hay armisticios.

Si buscas algo más tradicional Ayacucho es un excelente destino. En la ciudad y en el campo de esta región de la sierra sur, se vive con intensidad los días en los que gobierna el Ño Carnavalón. En la vieja Huamanga, como era llamada la capital regional en la época colonial, se canta en quechua, se toca la guitarra, se juega con talco, agua y serpentina y se alimenta el cuerpo con puchero y chicha de jora.

En las comunidades el carnaval se relaciona con la fertilidad de Tierra. Esta característica se replica en otras ciudades andinas como el Cusco y Abancay. Otro elemento característico son las yunzas (llamadas umishas en la Amazonía), una tradición en la que se cuelgan obsequios en la rama de un árbol y los festejantes bailan alrededor mientras se turnan para tratar de derribarlo.

Ahora bien, si quieres ser parte de una experiencia ancestral y telúrica no te pierdas el Pukllay de Andahuaylas (región Apurímac), el carnaval originario más grande del país. Autenticidad y cultura viva a 2926 m s. n. m. en una fiesta distinta e integradora que congrega a centenares de delegaciones provenientes de distintas parte del Perú, de ese Perú que siempre te recibirá con una sonrisa.

enero 22, 2026