Callahuanca: descubre el paraíso de las chirimoyas en Lima

En invierno, cuando la neblina se impone infranqueable en el cielo de la gran Lima, los viajeros y turistas dirigen sus pasos aventureros hacia los valles interandinos cercanos a la capital. Allí, entre montañas, campos de cultivo y pueblos en los que habita el sosiego, encuentran un refugio contra el bullicio, el trajín y las tensiones urbanas, mientras son bendecidos por el sol ausente en su ciudad. 

Naturaleza, aire puro y calorcito en una serie de destinos estacionales en las afueras de la capital peruana. De abril a octubre los limeños se olvidan de las playas del norte y del sur. Mucho frío, harta bruma y poco sol. Razones más que suficientes para escapar hacia Chaclacayo, Chosica y diversas localidades en el valle del río Santa Eulalia y la provincia de Huarochirí.

No son los únicos espacios de distracción y relajo. Los fines de semana familias enteras, grupos de amigos y viajeros solitarios, abandonan la urbe. Ellos llegan a Cieneguilla y Antioquia, en el valle del río Lurín; a Azpitia, en el valle de Mala; a Santa Rosa de Quives, Yangas y Canta, en el valle del Chillón, entre otras seductoras alternativas que tienen como punto de partida a la “Ciudad de los Reyes”.

Un “delicioso” menú turístico que te iré “sirviendo” poco a poco en este espacio, para que te convenzas de que, en Lima, la metrópoli y sus provincias, hay demasiado por explorar. No les creas a quienes pregonan que el casco antiguo —con su arquitectura colonial y republicana—, la vistosidad cosmopolita de Miraflores y San Isidro, y las noches culturales y bohemias de Barranco, son lo único interesante. 

Eso es mentira. Hay más en la Lima urbana y en la Lima rural, desde playas cercanas para correr olas hasta un rosario de museos con exhibiciones extraordinarias; desde un parque con fuentes de aguas que saltan y bailan hasta lagunas altoandinas custodiadas por nevados; desde zonas arqueológicas en urbanizaciones modernas hasta rituales ancestrales en honor a la Madre Tierra.

Un destino cercano y accesible

¿A qué sitio iré este fin de semana?, me pregunto cuando la rutina me abruma. ¿Adónde deberías partir en tu estancia en Lima?… Ay, se me hace difícil elegir el lugar al que partiré; es muy complicado decidir que sitio recomendarte para que lo incluyas en tu itinerario. Pienso, me concentro y empiezo a escribir… ¡Alto!, estás haciendo un listado. Ese no es el camino. Céntrate en un solo lugar”.

Cambió de rumbo y de estrategia. Pausa, respirar profundo y volver al principio: En invierno, cuando la neblina se impone infranqueable en el cielo de la gran Lima, los viajeros y turistas dirigen sus pasos aventureros hacia Callahuanca (1765 m s. n. m.), un pueblo de agricultores de clima primaveral, localizado en un valle interandino de Huarochirí, una de las 10 provincias de la región Lima.

Listo. El primer paso está dado. Escribiré sobre Santa Rosa de Callahuanca, una pincelada de verdor entre las montañas de la margen derecha del valle del río Santa Eulalia. Por su cercanía a la metrópoli, la “piedra partida” (eso significa su nombre en español) es un destino “apetecible”, tan “apetecible” como las riquísimas chirimoyas, paltas y manzanas que se siembran y cosechan en sus chacras.

Ya encontré la ruta. Sigo escribiendo, seguimos viajando. Vamos con el segundo paso: ¿cómo llegar desde Lima? Si no cuentas con movilidad aborda los “chosicanos”, las unidades de transporte público que se dirigen a Lurigancho-Chosica. En su recorrido transitan las avenidas Alfonso Ugarte, el paseo Colón, la vía expresa Grau y el óvalo Santa Anita, entre otras arterias capitalinas.

En Chosica baja en el parque Echenique y camina hasta el paradero de los autos que van a Callahuanca (50 m, aproximadamente). La carretera es asfaltada y en el trayecto pasarás por los pueblos de Palle y Barbablanca, además de la central hidroeléctrica Juan Carosio. El recorrido incluye un serpenteante ascenso. Te van a impresionar los paisajes (Distancia total: 68 km. Tiempo de viaje: 2 h 30 min).

Chirimoya: el manjar blanco de los Andes

Chirimoya, no olvides este nombre. Lo escucharás muchas veces desde antes de llegar a Callahuanca. Ya en tu destino las verás por todos lados, tanto así que hasta los letreros de información turística tienen la imagen caricaturizada de esta fruta propia de los valles interandinos que es el símbolo, el orgullo y el principal producto agrícola de la “piedra partida”.

Si no las has probado, este tu momento. Si ya lo hiciste y te encantó, no olvides que en la repetición está el gusto, un gusto que aquí será mucho mayor que en cualquier otro lugar del Perú. La razón: tu destino es “El Paraíso de las Chirimoyas”. Y es que las Annona Cherimola Miller (ese es su nombre científico) sembradas por los agricultores callahuanquinos son enormes, dulcísimas y cremosas.

No importa la época del año. Siempre podrás degustar el “manjar blanco”, como llamaron los conquistadores españoles a este fruta que “crecía y era consumida tanto en la costa norte como en la costa central, desde épocas previas a la introducción de la cerámica hasta la época Inca”, como se indica en la Serie de Alimentos Andinos del Complejo Arqueológico El Brujo. 

En el artículo se menciona que “el reconocido arqueólogo Duccio Bonavia y (otros) colegas plantean que la chirimoya es nativa de Ecuador y Perú”. Representada en ceramios de la cultura Mochica, la “semilla fría” (la traducción de su nombre en quechua) fue parte de la dieta de los antiguos por ser una “fuente de vitaminas, minerales, carbohidratos, fibra y agua”. También se usaba con fines medicinales.

Redondas u ovaladas, de pulpa blanca y semillas negras, estas delicias son el fruto del chirimoyo, un árbol que alcanza una altura de 10 m y crece entre los 1500 y los 2000 m s. n. m. La mejor época de cosecha se da entre abril y junio, aunque en Callahuanca nunca escasean. Así que podrás consumirla directamente o en helados, mermeladas, yogures y jugos.

Un vistazo al valle y a las montañas

Es momento de una pausa para hacer un anuncio importante: no solo hay chirimoyas en Callahuanca… pero, antes de desviar el rumbo de mi relato, quiero contarte que en abril se realiza un festival en honor al manjar que conquistó a los conquistadores. La celebración coincide con el aniversario de la creación política del distrito, ocurrida el 12 de abril de 1957.

Antes de esa fecha, tu destino era considerado una comunidad indígena, condición que le fue otorgada en julio de 1711. Ya lo sabes, aquí hay historia, buenas frutas y excelente gastronomía —¿se te antoja una pachamanca o trucha frita?—. También preciosas vistas del valle, los cultivos y las montañas. Solo tienes que andar 2 h por un senderito trepador para arribar al mirador Characán.

Tu esfuerzo no será en vano. Te lo aseguro. Tus ojos quedarán fascinados por la belleza del paisaje. Será un instante mágico. Al coronar la cima, respira a todo pulmón y déjate envolver por la tranquilidad que todavía habita en las serranías. Esa calma y quietud te conectará con la naturaleza de una manera intensa y especial.

De vuelta al núcleo urbano —pequeño, antiguo, silencioso— donde hasta el sencillo hecho de sentarse en una banca de la plaza o de caminar en el atrio de la iglesia, se convierte una grata experiencia. ¡Vívela! Solo te tomará un día (si es que tu itinerario está apretado) y no tendrás que alejarte demasiado de Lima, la ciudad que ve llegar y partir a la mayoría de los turistas que visitan el Perú.

Piénsalo. Planifica una escapada a Callahuanca o a cualquiera de los otros pueblos de los valles interandinos. Todos son singulares e irrepetibles. Quién sabe si hasta cambias tus planes y terminas visitando más de uno durante tu estancia en mi tierra. Bueno, es solo una sugerencia para aquellos días en los que la niebla invernal se impone infranqueable en el cielo capitalino.

noviembre 4, 2025